La vida social de una Sommelier de Cerveza

Por Bruna García

Mucha gente piensa que después de convertirse en sommelier de cerveza, jugarán a ser Michael Jackson cada vez que caminen por la calle mientras litros de IPA caen del cielo a sus manos todos los días. Amigo, no es así. La realidad sin adornos es que pasamos por los mismos problemas que tendría cualquier otra profesión, la única ventaja es que cada vez que abrimos una cerveza podemos decir que estamos realizando un análisis sensorial. Otros puntos si llegan a ser bastante comunes en nuestras vidas, por lo menos en la mía y voy a tratar de enumerarlos de manera divertida.

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1. Prepara tu bolsillo.

Mucha gente piensa que después de haber estudiado para convertirse en un sommelier de cerveza, nunca más tendrás que volver a pagar por una cerveza. ¡Error! Y por cierto, tratar de sacar ventaja de esto es muy feo y negativo para el mercado. No lo hagas, ¿OK? Un buen profesional, cuando no está trabajando o no fue invitado a criticar técnicamente una cerveza o cuando esta no es ofrecida por su propio dueño, tiene que poner la mano en su propio bolsillo y pagar por lo que está consumiendo. Eso es lo correcto, es amigable, también algo caro, pero ayuda a sus socios y proveedores a sobrevivir en el mercado.

2. Los pantalones comienzan a apretar, y es tu culpa!

Dicen que la cerveza no engorda, que tiene la misma cantidad de calorías que un jugo de naranja. Luego de eso te pregunto ¿Tomas 8 vasos de jugo de naranja cuando sales con tus amigos? De cerveza seguro que sí, apuesto. No vamos a engañarnos: todo en exceso engorda, entonces si tu idea es no terminar con una sandía en el vientre, hay que moderarse, además, la cerveza siempre llega con patatas, hamburguesas, pastel, embutidos, quesos, dulces, palomitas de maíz, cualquier cosa menos lechugas.

3. Soy la “Reina de Copas”

No creas que eres el único experto que existe en el tema y que necesitas a toda costa decirle al mundo lo que piensas de cada cerveza. Un buen profesional sabe cuándo hablar y cuando callar. Si estás en un bar con tus amigos divirtiéndote y el propósito no es realizar una evaluación técnica sobre lo que están bebiendo, no comiences a girar el vaso o a divagar por horas sobre la importancia de la espuma con quien sea que tengas al lado. ¡Él sólo quiere tomar una cerveza! Recuerda: la educación del consumidor es una cosa, ser un presumido es otra muy distinta.

4. Escucharás preguntas del tipo ¿Por qué Heineken es amarga?

Lo vas a escuchar, a menudo, más de lo que desearías. Hay veces que dan ganas de agarrar la botella verde, tirarla lejos y arrancar. Pero como buen profesional, tienes que saber que todavía es sólo un pequeño nicho el que tiene el acceso y el paladar para ciertas cervezas y que cuando te iniciaste, tampoco eras capaz de reconocer una IPA. El mercado está creciendo, pero la mayoría todavía consume modas que te dicen tomar la cerveza estúpidamente fría para apagar la sed.

5. Habrá días en que preferirás decir que eres bailarina a decir lo que de verdad haces!

Esta idea vino a mí en mis últimas vacaciones, cuando junto a una amiga estábamos en un club y dos hombres se acercaron para hablar con nosotras. Uno de ellos me preguntó en qué trabajaba. Para alejarlos quise decir cualquier cosa, incluso que era una asesina en serie, pero con lágrimas en los ojos, dije que trabajaba con cerveza. Fueron 40 minutos desesperados de mis vacaciones. Hay momentos en que realmente me imagino diciéndolo y uno día de estos lo voy a hacer. En los primeros años, te crees el rey/reina del lúpulo, unos años más tarde, empiezas a ver que no hay nada de sobrenatural. Así que cada vez que digas la frase “soy sommelier de cerveza”, prepárate para las próximas preguntas: ¿Dónde envío mi curriculum? ¿Tomas cerveza todo el día? ¡Eso no es trabajo! ¿Quieres que intercambiemos? ¿Por qué Heineken es amarga?.

6. Cada happy hour implicará escoger la cerveza de tus amigos

Sus amigos nunca más querrán elegir una cerveza por sí mismos. Puede haber 20 personas en la mesa, pero la carta de cervezas llegará siempre e inexplicablemente -o no tanto- a tus manos. Luego los miramos, te miran y no queda más que sugerir, con la esperanza de hacer lo correcto, una cerveza para cada uno de los veinte que están sobre la mesa, prestando atención al estilo, al precio, siendo muy suave en el momento justo, para aún así escuchar de vuelta: ¿En serio? ¿$5.000 por una cerveza? ¿Sabes cuantos litros de Cristal compro con eso? Y no te olvides, querrán algo que no sea tan fuerte como Heineken.

 

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